Itaewon Class ・ 이태원 클라쓰 ・ Itaewon Class
© Showbox ・ Zium Content ・ JTBC ・ Netflix
Territorio · CRUCES Y DESPLAZAMIENTOS
Ser coreano sin ser reconocido
A veces el verdadero conflicto no aparece en la identidad que una persona afirma, sino en la dificultad colectiva para reconocerla
Hay pertenencias que parecen evidentes y, aun así, dependen de que exista un reconocimiento colectivo para asentarse plenamente. Una persona puede conocer su filiación, su historia y su vínculo con un lugar, y que la validación pública de esa pertenencia se mueva dentro de otra lógica distinta.
Ese reconocimiento rara vez se formula de manera explícita. Suele funcionar como una convención silenciosa que delimita quién encaja con naturalidad dentro del imaginario compartido y quién introduce un cierto desajuste. Cuando una identidad necesita explicarse constantemente, es porque existe una distancia entre la realidad vivida y la imagen colectiva de lo que significa pertenecer.
La tensión se vuelve especialmente visible cuando lo legal y lo simbólico avanzan con ritmos diferentes. La ciudadanía puede tramitarse, la genealogía quedar documentada y la filiación demostrarse. El reconocimiento social, sin embargo, suele apoyarse en otro tipo de memoria, en imágenes heredadas y en una determinada idea de continuidad colectiva. Es ahí donde empieza a abrirse una fricción que tiene menos relación con la pregunta íntima de “quién soy” y más con la dificultad del marco colectivo para incorporar ciertas formas de pertenencia.
Itaewon Class ・ 이태원 클라쓰 ・ Itaewon Class. © Showbox ・ Zium Content ・ JTBC ・ Netflix
En la serie Itaewon Class (이태원 클라쓰: clase de Itaewon – Itaewon Class), esa tensión aparece con claridad a través del personaje de Tony. Él afirma con serenidad que es coreano. Su padre era coreano y en esa filiación encuentra una pertenencia que siente plenamente propia.
La serie deja visible algo importante a partir de ese momento: su afirmación circula dentro de una cierta suspensión. La reacción de quienes lo rodean introduce vacilaciones pequeñas, dudas silenciosas y miradas que buscan una confirmación visual que no termina de llegar. La pertenencia sigue atravesada por una expectativa física y simbólica muy concreta.
Al comienzo de la historia, la situación legal de Tony permanece todavía sin resolver y eso introduce una vulnerabilidad evidente. Más adelante, incluso cuando el reconocimiento jurídico empieza a estabilizarse, la percepción social continúa moviéndose con más lentitud. En realidad la idea de nación sigue ligada en muchos imaginarios colectivos a una continuidad étnica y visual construida durante siglos, por eso la afirmación soy coreano entra en contacto con un modelo heredado de homogeneidad.
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El barrio de Itaewon, asociado dentro de Seúl a la mezcla, al tránsito y a la presencia extranjera, tampoco elimina completamente esa tensión, porque la diversidad visible del barrio convive con una percepción de pertenencia nacional que sigue funcionando desde ritmos más lentos y más arraigados en determinadas imágenes históricas de continuidad colectiva.
Por eso el personaje de Tony adquiere un peso que va más allá de la simple representación multicultural: su presencia vuelve visible la distancia entre la pertenencia afirmada y la pertenencia reconocida. El personaje permanece dentro de ese espacio de fricción sin dramatismo excesivo y sin necesidad de convertirse en símbolo abstracto.
La serie sostiene esa tensión mediante la repetición. Tony insiste en su pertenencia y continúa ocupando ese lugar sin retirarse de él. Cada repetición introduce un pequeño desplazamiento en la mirada de quienes lo rodean y también en la del espectador. Lo decisivo no consiste tanto en ofrecer una solución inmediata, como en mantener visible un cuerpo que no encaja completamente dentro de la imagen heredada de la nación y permitir que permanezca ahí. La repetición de soy coreano no transforma instantáneamente el marco colectivo, aunque sí obliga a reajustarlo ligeramente cada vez que vuelve a pronunciarse.
El desplazamiento ocurre entonces de forma gradual, casi imperceptible, dentro de la mirada. A veces basta ese movimiento lento dentro de una ficción para que la pertenencia deje de sentirse como una ecuación cerrada y empiece a abrirse hacia otra posibilidad de reconocimiento.
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