Mine 마인 Es mío

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Territorio · PODER Y ORDEN SOCIAL

La igualdad que tensó la jerarquía

Algunas formas de pensar no encajan sin más: al introducirse ponen en cuestión la base misma de la organización existente

Entradilla: Algunas formas de pensar no encajan sin más: al introducirse ponen en cuestión la base misma de la organización existente

Corea era ya una sociedad con una arquitectura moral muy sólida cuando el catolicismo apareció en su horizonte. Estaba profundamente marcada por el confucianismo –sistema filosófico–, que organizaba la vida a partir de jerarquías consideradas naturales: padre e hijo, mayor y menor, gobernante y súbdito formaban parte de un orden que era entendido como expresión de la armonía del mundo. Cada persona ocupaba su lugar y la virtud consistía en habitarlo sin desajustes que alteraran ese equilibrio.

El budismo –religión– ya había añadido a ese marco una tradición de interioridad y disciplina espiritual integrada en la cultura coreana: el recogimiento, la práctica del desapego, la idea de perfeccionamiento moral y la conciencia del sufrimiento formaban parte del horizonte simbólico previo.

Una sociedad con profundidad religiosa y sensibilidad trascendente

El catolicismo no llegó como conquista ni como imposición externa, lo hizo a través de la lectura y el pensamiento. En el siglo XVII comenzaron a circular en Asia oriental algunas obras de jesuitas, como Matteo Ricci, que proponían una traducción de la teología católica a categorías que fueran comprensibles para el mundo confuciano. Esos textos llegaron primero a China y desde allí a Corea, donde fueron estudiados por eruditos vinculados al movimiento 실학 (Silhak) que estaban formados en el rigor del estudio clásico. 

La fe católica se introdujo a través de los libros y las discusiones intelectuales, hasta que en el año 1784 Yi Seung-hun viajó a Pekín, recibió allí el bautismo y, a su regreso, comenzó a organizar comunidades en Corea. Durante años hubo práctica católica sin sacerdotes y la transmisión se apoyó en la lectura, la enseñanza y la organización laica. 

Cuando los primeros misioneros llegaron encontraron creyentes ya formados. Décadas más tarde surgiría la figura de Andrés Kim Taegon, primer sacerdote coreano y mártir, en un contexto donde la fe llevaba tiempo circulando en forma de lectura y comunidad.

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En su forma externa el catolicismo resultaba reconocible, era jerárquico, ritual, organizado, tenía autoridad y grados

En una sociedad habituada al respeto estructurado y al peso del rito, esa arquitectura encontraba un lugar reconocible. Pero en el núcleo del catolicismo aparecía una afirmación que afectaba al fundamento de la sociedad confuciana: la igualdad radical de todos los hombres y mujeres ante Dios. Esa igualdad abría un plano en el que la dignidad de la persona se compartía. Las jerarquías sociales continuaban organizando la vida, pero al mismo tiempo dejaban de sostener por sí solas el valor último de cada individuo.

La transformación se produjo como un desplazamiento en ese fundamento. La jerarquía seguía operando como organización social, y la idea de igualdad introducía una dimensión donde la persona se definía desde otro lugar. El hecho de que esta idea surgiera desde lectores coreanos formados en ética confuciana intensificó esa tensión, al incorporarse desde dentro del propio sistema.

Si se observa desde la lengua, ese movimiento se percibe con claridad

El coreano organiza la relación a partir del lugar, y los niveles de habla sitúan constantemente al hablante y al interlocutor en una posición jerárquica precisa. La forma de decir incorpora el respeto y la diferencia. A la vez, la idea católica abre un plano en el que el valor de la persona no depende de esa colocación. El lenguaje puede seguir marcando posiciones y esas posiciones conviven con una definición más amplia de quién es cada uno.

El catolicismo coreano se configuró así en una doble dimensión, una integración en la forma y una modificación en el fundamento. No sustituyó la estructura existente: introdujo una idea que reordenaba su alcance.

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Esa misma dinámica aparece en ficciones contemporáneas como Mine (마인: mío – Mine), donde la madre Emma, la monja católica que asesora espiritualmente a los miembros de una poderosa familia, introduce una forma de autoridad que no se articula desde el linaje, el dinero o el poder familiar. En una mansión donde cada posición parece fijar quién es cada uno –nuera, heredero ilegítimo, sirviente, patriarca–, su presencia se mantiene dentro de la casa y añade otra medida.

Con sus intervenciones breves, y sin imponerse, introduce una referencia distinta: la dignidad compartida, la posibilidad de mirar a cada persona más allá del lugar que ocupa. Aunque la jerarquía sigue organizando la vida de la casa, empieza a percibirse un límite, una zona donde ese orden no basta para contener todo lo que está en juego. Por eso el lugar continúa marcando la relación, pero deja de ser suficiente cuando aparece esa otra forma de entender a la persona.

En ese gesto contenido, el drama deja ver la misma transformación que permitió al catolicismo arraigar en Corea: hay una forma que se integra pero en su interior existe una idea que reordena el modo en el que se debe mirar a quienes ocupan cada lugar dentro de ella.

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