Vincenzo ・ 빈센조 ・ Vincenzo
© Logos Film ・ Studio Dragon ・ tvN ・ Netflix
Territorio · PODER Y ORDEN SOCIAL
Cuando el poder necesita ser reconocido
Una relación de poder puede sostenerse en algo tan cotidiano como la manera de dirigirse al otro
El poder se sostiene en la fuerza, en la ley y también en algo más elemental y más frágil: el reconocimiento. Una autoridad existe mientras alguien la reconoce como tal, mientras alguien acepta situarse en una determinada posición, mientras alguien reproduce en su comportamiento –y también en su manera de hablar– la estructura que la legitima. Cuando ese reconocimiento deja de aparecer, aunque sea en el último instante, el poder se queda expuesto.
Hay lenguas en las que esa aceptación se vuelve audible. En coreano, la posición relativa entre hablantes se inscribe en el registro mismo de la frase, de modo que cada elección verbal señala quién reconoce autoridad y quién la ejerce.
Esa dimensión se vuelve especialmente visible en la serie Vincenzo (빈센조: Vincenzo – Vincenzo), donde la relación entre los dos hermanos antagonistas expone una dinámica de abuso sostenida también en la lengua.
La jerarquía se impone y se negocia en cada intercambio. El hermano mayor habla de manera constante en 반말 (banmal: habla informal – registro íntimo o jerárquicamente descendente), un registro que, en una relación asimétrica, sitúa su posición sin necesidad de elevar la voz. La forma de la frase ya introduce ese lugar.
El menor, en cambio, oscila entre 형 (hyeong: hermano mayor con tratamiento familiar estándar) en momentos de aparente normalidad y 형님 (hyeong-nim: hermano mayor con tratamiento honorífico formal) cuando la amenaza se intensifica, incorporando el sufijo honorífico como refuerzo de subordinación y como intento de apaciguamiento.
Esa alternancia funciona como estrategia de supervivencia: elevar el tratamiento implica reforzar el reconocimiento
Lo que se hace visible es la forma en que la jerarquía se mantiene en la lengua. Cada vez que el menor elige 형님, la autoridad del otro se confirma en ese intercambio; cada vez que responde en registro deferente frente a la informalidad constante del mayor, la estructura se reproduce. El poder se sostiene en esa repetición. La igualdad no llega a formularse en ese marco. La asimetría se mantiene presente en cada intervención.
El momento final introduce un cambio que afecta a ese mecanismo. El menor abandona las formas deferentes y habla desde otro registro. Ese gesto expresa la rabia acumulada y, al mismo tiempo, retira el soporte lingüístico que durante años había sostenido la autoridad del otro. El poder permanece en su dimensión violenta y cambia la forma en que se sostiene. Esa retirada revela una condición de fondo: la autoridad se apoya en un reconocimiento que la mantiene activa.
Vincenzo ・ 빈센조 ・ Vincenzo. © Logos Film ・ Studio Dragon ・ tvN ・ Netflix
El contraste con el español contemporáneo ayuda a comprender mejor esta visibilidad. En España hemos simplificado los tratamientos hasta generalizar casi por completo el tú, hemos desconfiado de la formalidad y hemos identificado cercanía lingüística con igualdad social –como si la desaparición de las marcas visibles garantizara relaciones más justas–, sin embargo, la horizontalidad formal no elimina la jerarquía; solo la vuelve menos audible. Dos personas pueden hablarse con el mismo registro y sostener una relación profundamente desigual sin que la forma lo delate. El poder se ejerce, pero no siempre se oye.
Ahí aparece una diferencia estructural clara con el coreano. En un sistema donde la posición relativa está codificada, la desigualdad es más difícil de disfrazar; en uno donde casi todo suena igual, la asimetría puede ocultarse bajo una apariencia de trato entre pares. En realidad, ningún modelo garantiza justicia ni evita el abuso, pero la manera en que una lengua distribuye sus registros influye en cómo se perciben y se negocian las jerarquías.
Tal vez por eso ciertas escenas en versión original producen una incomodidad particular: no solo estamos viendo una relación tóxica, estamos escuchando el mecanismo que la sostiene. Y cuando ese mecanismo se rompe —cuando el reconocimiento deja de pronunciarse— se hace evidente que el poder, incluso el más brutal, nunca es completamente autónomo: siempre ha dependido de que alguien lo reconozca desde abajo.
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