AUTORÍA
Autora
Mi nombre es Antonia Hierro y he desarrollado mi trayectoria profesional en la administración pública, en puestos de gestión y de responsabilidad institucional y política –puedes consultar mi currículum en LinkedIn si sientes curiosidad–. En la actualidad, mi interés se orienta hacia la exploración y la gestión cultural, en el marco del proyecto Corea Infinito.
Este proyecto no nace de mi especialización previa en Corea del Sur ni de un recorrido académico que haya estado orientado hacia este campo. Llega desde otro lugar: desde un desplazamiento progresivo hacia un territorio que nunca formó parte de mi trayectoria personal ni profesional.
El punto de entrada
El primer contacto con este mundo fue casual: la serie El juego del calamar. El asombro y el impacto que me produjo esta serie coreana fueron notables. No tanto por la serie en sí, que también, sino por la pregunta que me dejó abierta: qué tipo de país produce algo así. A partir de ahí, algo empezó a moverse.
En ese momento estaba cursando un máster de gestión cultural que tuve que interrumpir por problemas de salud importantes. Ese corte inevitable alteró el ritmo previsto en mi vida, pero abrió otro tiempo.
Un tiempo más lento, más concentrado, en el que el audiovisual coreano empezó a ocupar un lugar inesperado como evasión de una realidad dolorosa, pero también como exposición sostenida a un sistema que no terminaba de encajar en el mundo que yo conocía.
Cuando pude retomar el máster, mi mirada ya se había desplazado. Por eso, el trabajo final del máster no fue una decisión estratégica; fue la consecuencia natural de ese proceso: un proyecto de turismo cultural entre Sevilla y Corea del Sur centrado en el catolicismo como puente de unión entre ambos mundos. El desarrollo del catolicismo en Corea tiene una historia muy singular que merece ser conocida.
Pero lo importante no era el tema del trabajo académico en sí, sino lo que había empezado a activarse alrededor mientras lo realizaba.
Cada serie abre una puerta
Cada historia que revisaba buscando la simbología católica me remitía a algo más amplio: lo político, lo económico, lo religioso, lo familiar eran capas que se iban entrelazando y tensaban estructuras.
Este proyecto se construye en esa tensión entre una forma de pensamiento estructurada y un material que no deja de desbordarla.
No intento explicarte Corea. Quiero que me acompañes en mi recorrido para verla desde dentro. Ver cómo se organizan el lenguaje, los vínculos, las jerarquías, las formas de representación. Ver qué se desplaza en sus relatos y qué permanece.
Mi escritura se apoya constantemente en el audiovisual –series, películas, canciones, documentales–. No como ilustración, sino como punto de entrada. Una escena, un gesto, una elección lingüística pueden abrir una red de significados que se expande y vuelve sobre sí misma. Los textos –ensayos, fragmentos, notas– no avanzan en línea recta: se acumulan.
A este proceso de escritura se irá incorporando también una dimensión visual propia, que no está concebida como complemento: será otra forma de pensamiento. La intervención sobre imágenes de esos audiovisuales, el uso del color, la forma de mirar, la utilización de imágenes propias forman parte de lo mismo, aunque todavía esté en desarrollo.
Corea Infinito está en construcción. No responde a un programa cerrado ni a un objetivo fijado de antemano. Es una práctica sostenida de observación, escritura y relectura. Hace menos de cinco años no sabía nada de todo esto: ahora forma parte de mi manera de mirar.
Si decides quedarte, irás viendo cómo cada texto abre otro, desplegando un mapa simbólico muy particular de Corea.
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